La que llegó para quedarse
Victoria Hernández Franceschi
L´Estartit Agosto 2023
Llegó de sorpresa, sin avisar, tal como son las sorpresas —y eso, en casos así, es imperdonable. Era verano, de los más calurosos que recuerdo. En el trabajo sentía que estaba en un baño maría constante y, a pesar de eso, intentaba estar lo más encantadora posible. Mi compañera, entendiendo lo que pasaba, se dispuso a ayudarme a hacer de esta intromisión algo menos vergonzoso para mí: debía estar presentable. Entonces comencé a hacerme fotos con filtros y a maquillarme. La intención era pasar este trago amargo de la mejor forma, pero fue contraproducente. Después de llenar mi perfil de fotos con filtros, mirarme al espejo con la cara lavada ya me daba asco: saltaban las arrugas, las canas, las manchas en la piel, mis mejillas rebosantes —y no de alegría, precisamente— y mi mirada, que ya no brillaba como antes. Dios, qué cierto es que los ojos son las ventanas del alma, porque comparando fotos eso era más que obvio, y debía hacer algo urgente.
Lo que menos quería era que se notara mi incomodidad con su visita; incluso debería parecer feliz. Cuando me atreví a comentarle a alguna conocida que no estaba cómoda con ella, percibí una desaprobación disfrazada de comprensión, y quedé como una loca inmadura, incapaz de aprovechar la oportunidad.
¿Pero es que nadie lo veía? ¿Lo imprudente que estaba siendo? En plena temporada, con el calor que hacía y el trabajo tan intenso, yo llegaba cada día agotada y encima tenía que dedicarme a atenderla, a comprenderla, a interpretarla, y tener claro que en algún momento —por dios que no fuera ahora— se quedaría para siempre.
Cada mañana el espejo me devolvía el cansancio de una noche negociando con ella o atendiendo sus caprichos. De pronto, durante el día, la cosa se ponía muy melancólica y, en los peores momentos, hasta colérica. Definitivamente estaba descolocada, así que busqué en internet opciones para mejorar nuestra relación: visto a futuro, lo mejor era empezar a pulirla desde ya.
Intenté sobrellevar las noches a las que me sometía con sus desvaríos; le ofrecía desayunos o ayunos según lo que yo creía pertinente para evitar “explosiones” anímicas que pudieran meterme en líos; y otras veces, de plano, la dejaba hacer berrinche. Vergonzosamente, no pude controlarla en dos o tres ocasiones, y qué vergüenza que me hizo pasar con amigos y familia.
No estaba nada fácil, porque cuando te conocen como profesora de inteligencia emocional, eso ya era un punto rojo en mi contra: no podía asumir el control con ella, y eso estaba más que criticado. La verdad es que muchas veces la imaginé diferente, serena incluso, y pues no: era un torbellino. De mí, poco o nada le gustaba. Como nunca antes, derroché dinero comprando ropa que fue un desperdicio absoluto; el estrés me hizo subir de peso, y ella no dejaba de criticar mi forma de ser y mi cuerpo. Honestamente, me estaba deprimiendo. Creí que al llegar seríamos como almas gemelas; al menos conocernos podría haber sido más agradable. Pero estaba siendo una experiencia caótica.
En cuanto tuve un respiro, decidí consultar al médico: seguro me daría la mejor instrucción para superar esto. Pero no, qué va. Me dijo que era cuestión de acostumbrarme, que como todas lo superaría, porque cuando la Menopausia llegaba era para quedarse —y era la señal de que mi cuerpo estaba vivo y en constante evolución.

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