Werner, Blaz y Pepe
Victoria Hernández Franceschi
L´Estartit 2018
Pepe estaba muy emocionado. Acompañaba a Werner en todos los preparativos y, entre conservas, alimentos y medicamentos, le pidió ese platillo especial que solo conoció cuando llegó a Schabenhausen. No dejaba de meterse en todo lo que Werner iba haciendo para el viaje; Blaz los seguía con mirada cansina. Pepe lo aturdía un poco —al fin español y joven muy brioso—. La verdad es que Blaz, a estas alturas, se acostaba deseando no despertar, pero al abrir los ojos, pues no había más: las caminatas diarias y las charlas con cerveza, los gritos de Ingrid, las discusiones entre Félix y Pepe, en fin, más de lo mismo, y tener que aguantar ese cáncer que no acababa de matarlo. Gracias a dios, otra Semana Santa en Lestartit; no solo por el clima, sino por los aires de Lestartit, meterse al mar y tirarse en la playa a soñar. Eso quería. Mientras Pepe estaba eufórico —ya eran seis meses y trece días lejos de sus amigos y de esas noches con las nenas, ¡qué ilusión le daba!— aunque ahora, quién sabe, muchas cosas habían cambiado.
Cuando despertó en casa de Werner y vio la nieve por primera vez en su vida, no podía creer lo que tocaba; era todo un espectáculo, pero después de tanto tiempo ya estaba hasta las narices de no poder salir como acostumbraba. Sin duda coincidía con Werner, que se le veía harto de tanto palear nieve día y noche. Vaya vida. Y claro, por muy agradecido que estuviera, Pepe sabía bien que su ayuda no era suficiente.
Werner parecía más entusiasmado que de costumbre; no paraba de hablar de lo feliz que estaba de poder regresar de vacaciones con sus mejores compañeros y amigos, aunque también intentaba ocultar que Ingrid ya estaba harta de sus “amigos”, sobre todo del español. Le había caído bien en Lestartit, pero en su casa ya era demasiado. Pepe lo supo desde el primer día, pero le daba igual.
Por fin se hizo de noche. Al tío de Werner le gusta viajar de noche y lo convenció de que mejor viajaba a su lado de copiloto, para distraerse ambos y hacer el viaje menos pesado, ya que Blaz no aguantaba igual —no olvidaba esa horrible resaca cuando llegaron a Alemania; sabe dios qué porquería le dio para dormirlo durante todo el trayecto—. Y así fue. Vaya tío este Werner, tan orgulloso de que Pepe fuera su copiloto despierto, y la verdad es que disfrutó carreteras y paisajes que nunca había visto.
La vida era buena con los Schuster, pero en Schabenhausen no pasaba de ser una vida de pueblo de veinte casas y treinta y cinco tías insípidas que ya se conocía bien. Tal vez por eso lo mejor era matarse en el huerto y cortando leña. —Blaz, por su parte, solo despertaba para hacer pipí o tomar agua; la vejez y el cáncer tienen sus cosas.—
Ya en el camping, Pepe ayudó lo mínimo en montar la tienda y organizar las cosas —si acaso lo que tenía que ver con su cama y su comida—. Tendría que pasar con ellos una que otra noche, porque buscaría a sus amigos de antaño, las nenas y sobre todo las nuevas que seguro habría.
La rutina para Werner y Blaz era la misma, y Pepe iba a lo suyo. Intentaba llegar con ellos a comer puntual pero casi nunca lo lograba, si es que llegaba. En efecto reencontró amigos, hizo nuevos y, claro, varias noches pasó con distintas gatitas, frescas y cachondas como recordaba a sus paisanas. Blaz y Werner salieron a buscarlo varias noches, hasta que entendieron que llegaría muy de madrugada, si es que llegaba, o al otro día a desayunar. ¡Caramba, qué alivio que ya se reportaba!
Honestamente, cada día estaba más seguro de que ya no quería estar con ellos. Si bien Werner cumplía todas las promesas y en Alemania vivía bien, los aires de Lestartit le recordaban quién había sido y en qué se había transformado. Se estaba planteando seriamente si no tendría el síndrome de Estocolmo y, encima, estaba viviendo muy de cerca el rollo independentista: le ponía a hervir la sangre y ya le movía algo más por dentro.
La última noche lo decidió: no volvería ni a dormir con ellos y mucho menos a Schabenhausen. Lo buscaron angustiados y por la mañana se decidió a plantarles cara. Primero hablaría con Blaz, que estaba muy agobiado; Werner de verdad había pasado mala noche preocupado por Pepe y le advirtió de posibles somníferos en el desayuno, como la primera vez.
Pues ya estaba. Enfrentaría a Werner con el estómago vacío. Werner empezó con su dulce voz alemana, hablándole de todos los beneficios y de su amistad, y Pepe reventó. Se libró del abrazo de Werner y lo atacó con uñas y dientes:
—¡Que no jolines! ¡Que así no van las cosas!
—¡Lo imperdonable, cabrón, no fue que me drogajas para secuestrarme!
—¡Que a un amigo se le convence, no se le secuestra!
—¡Lo peor no fue que me hicieras pasar por alemán! ¡Sino que me extirparan los cataplines! ¿Pero a dónde voy yo con semejante disfunción?
—¡Casi que regreso a Alemania en estas condiciones! Pero no, que no se hace esto tan de tus cojones. ¡Y encima detienen en tu Alemania a Puigdemont! ¡Que no soy un español, vaya ofensa!
—¡Soy un gato catalán, y además independentista!

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