PRIMERA IMPRESIÓN
Victoria Hernández Francerschi 2003
Madre e hijo caminaban por la calle, recorriendo aquel sendero tantas veces transitado hacia la casa de la abuela. El pequeño, de apenas cuatro años, mantenía vivo el hábito que adoptó desde sus primeras palabras: interrogar al mundo y, más que observar, explorar cuanto le rodeaba. Con sus grandes ojos parecía querer devorar todo lo que alcanzaba a mirar.
De repente, descubrió apostado en una esquina, recargado penosamente contra la pared, al ser más extraordinario que pudiera imaginar. Lo había visto en las películas —esas que repetía ya más de cinco veces— y apenas lograba creerlo: estaba a solo unos pasos de distancia.
—¡Es un pirata! ¡Mamá, es un pirata! —Lo sabía con perfecta certeza; al fin y al cabo, los conocía de memoria.
El niño gritó emocionado, señaló frenético a su personaje salido de la pantalla, se llevó las manos a la cabeza, saltó y tiró con fuerza de la mano de su madre. ¡Qué extraordinaria coincidencia!
La madre, abrumada, no sabía cómo acallarlo. «¡Por Dios, qué vergüenza!». Los transeúntes los miraban con extrañeza. Avergonzada, apresuró el paso, alejando al niño tan rápido como pudo.
Cada vez más cerca de su destino, el pequeño continuaba parloteando, ebrio de entusiasmo y con una lógica casi hilarante, celebrando la fortuna de haber contemplado a un auténtico pirata. ¿Pero qué hacía allí, tan lejos de su navío y de su tripulación? ¿Acaso se había hundido su barco? ¿Necesitaría monedas para comprar otro? ¿Estarían cerca sus camaradas esperándolo? ¿Tendría hambre? ¿Se habría perdido? ¿O tal vez lo atacó un tiburón? Sus ojos destellaban con una inquietante emoción mientras se dejaba arrastrar por la prisa materna.
Fue durante ese trayecto cuando ella comenzó a vislumbrar lo que su hijo describía. Pudo reconocer en el semblante de aquel hombre el brillo del sentido de su vida. La mirada del niño lo condujo hacia la transformación más hermosa. Gracias a su hijo, en ese instante, comprendió que no se trataba de un limosnero al que le faltaba una pierna. Descubrió que era en verdad, un pirata con historias por contar y con una dignidad rescatada.

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