Ciclos

Victoria Hernández Franceschi

Lestartit, marzo 2022

Han sido dos meses tan extraños. Mi hijo y su padre dejaron la casa que compartimos durante 16 años y, como aquella, inauguramos la nueva los tres codo con codo, reorganizando el nuevo hogar. El covid cambió muchas cosas y coincidió con muchas pérdidas; hacía dos años que no veía a mis hermanos y se invitaron en nochebuena y navidad para verificar el nuevo refugio González, con ganas de desahogarse, con nosotros que no acabábamos de acomodarnos a nuestra vida. La partida de mamá sumaba más pesar a las historias que cada uno iba construyendo.

Llegué de un pesado viaje que acumulaba 24 horas de estrés a una casa medio empacada, para terminar de organizar y al otro día, muy temprano, entregarla vacía. Cada muro contaba una historia con ese color que yo había pintado; las plantas entristecidas parecía que me decían que no las sacara de ahí. La casa lloraba conmigo mientras yo, agradecida, recorría cada habitación dedicando un último vistazo a los recuerdos que se quedaban ahí. Esos muros y yo nos vivimos mutuamente y nos cobijamos cuando podía ser, y ahora yo cerraba el ciclo a nombre de los hombres que no pudieron hacerlo. Ella lo sabía: las fuertes siempre fuimos nosotras.

La nueva, con acabados inconclusos, nos recibió como una niña asustada obligada a madurar. No me dieron tiempo de conocerla, lavarla, perfumarla y prepararla para la invasión de objetos, muebles, cosas, pisadas de cualquiera que sin pudor metía tierra y mugre. Fueron muchos días de trabajo íntimo, de organizar y limpiar, y quizá aún se sienta avergonzada de la forma en que de pronto se vio desbordada, sin que ella tuviera culpa alguna.

Así irrumpió Carlos en nochebuena con la cena. La media luz del ambiente era, de lejos, un toque romántico; estábamos en un lugar muy apartado de la ciudad, sin luz artificial en la calle a falta de servicios públicos, y apenas una lámpara de pie iluminaba sobre la mesa redonda la historia de cómo, el año pasado, después de sepultar a su suegra, mi hermano y su mujer pudieron cuidar de mi madre, que según ellos contrajo el covid. Aseguró Carlos que mamá, una vez semi recuperada y acompañada por mi hermana, se dedicó a hacer vida social como si corrieran tiempos normales —ocasión para recordar lo enérgica que había sido con nosotros: un hogar como muchos en México, de madre joven con muchos hijos, un padre semi-ausente cuya única ley era “la chancla”.

Al otro día llegó Luisa para verificar la suerte que yo tenía de estar “con mis hombres” en un lugar tan alejado pero con un futuro gran jardín, tan lejos de la familia como siempre habíamos estado. Contó su versión de cómo Carlos y su mujer intentaron tener controlada a mamá con el pretexto del covid, así que ella la rescató y la devolvió a su casa; pero salieron y pasearon tanto como surgió la oportunidad, y para evidencia, las mil fotos en Facebook donde fumaban, bailaban y bebían —confirmó lo que mi hermano veía como una total aberración en quien, años atrás, jamás vimos ni nos permitió una actitud así.

Mi hermana estaba orgullosa de haber sido ella quien acompañó a nuestra madre hasta el último día que estuvieron juntas, con todas esas nuevas experiencias, por lo que perdió la relación estrecha que tenía con Carlos. Eso me entristeció, porque de los cinco hijos, ellos eran los favoritos de mamá, los más parecidos a papá y los que siempre estaban juntos; tanto que sus casas están en el mismo barrio y la familia parecían ser solo ellos tres.

Los González y yo intentamos consolar a Carlos y entender a Luisa. Sin duda perder a mamá no era nada fácil y ambos defendían su postura; además, mamá merecía vivir nuevas experiencias: después de todo, nunca tuvo juventud ni libertad.

Cuando fui a la casa de mamá, nada más entrar sentí su pena. Me contó lo triste y vacía que se sentía sin ella: las paredes blancas ya no iluminaban, las fotos habían perdido color al no sentir su mirada diaria, el cubrecama tejido a cuadros no danzaba de color y las ventanas parecían ojos cerrados. Yo le conté que mamá estaba en un mejor lugar, feliz.

Pero el frío no salió de la casa. Tal vez no quiso creerme.

Desde la fotografía enmarcada en pewter, mis padres me despidieron con sus sonrisas congeladas: mamá veinte años más joven y papá acabándose con la enfermedad que lo mató ocho años atrás.

Hace ya una semana que me despedí de la familia y no me recupero del viaje de regreso ni de las historias de Carlos y Luisa. No veo el Facebook, pero en los estados de WhatsApp los vi: estaban festejando el cumpleaños de Juan, con sus sobrinas y amigos cercanos. Ella le hizo ese delicioso pastel de limón que nos hacía a los hijos y nietos, y lucía radiante besándolo.

Por el número de velas que apagó, él es ocho años menor que ella, aunque no se ve diferencia alguna. Ella relumbra en todos los sentidos.

No cabe duda de que mi madre pasó a mejor vida.

Luisa facilitó que conociera al gallego que finalmente la hizo volar al otro continente, y bueno, qué puedo decir: hay ciclos que terminan y otros que empiezan, y otros intermitentes quizá. Yo llevo once años separada de mi hijo y su padre, pero esa es otra historia.

 

 

 

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